LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE, FRAGMENTO
Di la vuelta para marchar. El suelo crujía. Mi madre se revolvió en la cama.
-¿Quién anda ahí?
Entonces sí que ya no había solución. Me abalancé sobre ella y la sujeté.
Forcejeó, se escurrió... Momento hubo en que llegó a tenerme cogido por el cuello.
Gritaba como una condenada. Luchamos; fue la lucha más tremenda que usted se
puede imaginar. Rugíamos como bestias, la baba nos asomaba a la boca... En una de
las vueltas vi a mi mujer blanca como una muerta, parada a la puerta sin atreverse a
entrar. Traía un candil en la mano, el candil a cuya luz pude ver la cara de mi madre,
morada como un hábito de nazareno... Seguíamos luchando; llegué a tener las
vestiduras rasgadas, el pecho al aire. La condenada tenía más fuerzas que un
demonio. Tuve que usar de toda mi hombría para tenerla quieta. Quince veces que la
sujetara, quince veces que se me había de escurrir. Me arañaba, me daba patadas y
puñetazos, me mordía. Hubo un momento en que con la boca me cazó un pezón –el
izquierdo- y me lo arrancó de cuajo.
Fue el momento mismo en que pude clavarle la hoja en la garganta...
La sangre corría como desbocada y me golpeó la cara. Estaba caliente como
un vientre y sabía lo mismo que la sangre de los corderos.
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